lunes, 11 de junio de 2012


ILDIKO NASSR

Ildiko Nassr nació en 1976, es docente y reside en la ciudad de San Salvador de Jujuy. Tiene varios libros publicados: Libros publicados: “Vida de perro” (cuentos, 1998), “Reunidos al azar” (Poemas, 1999), “La niña y el mendigo” (poesía, 2002), “Ser poeta” (en co-autoría, poemas, 2007), “Placeres cotidianos” (Microficción, 2007). Trabajos suyos aparecen en diversas antologías nacionales e internacionales.

A medias Ildiko Nassr
versión libre sobre un texto de David Slodky


..... Desde el único rincón iluminado de la casa, el hombre construye minuciosos castillos (no de arena, sino de palabras).
..... Le ha pedido a la mujer que ya no use esos zapatos ruidosos y ella camina sigilosa acarreando lo necesario para complacerlo: bebidas, cigarros, hojas, lapiceras…
..... —Es un buen hombre, después de todo —se consuela la mujer descalza—. Algún día mi amor lo hará cambiar.
..... El hombre pasa días y noches planificando y ordenando su pequeño mundo luminoso en la casa oscura.
..... No mira a la mujer ni duerme con ella. Pero sabe de su amor. Eso lo hace sentir seguro. Ya la compensará cuando termine su obra maestra.
..... La vida oscila entre la rutina y el silencio durante un tiempo que no podemos contar ni entender.
..... Una tarde el corazón del hombre dice basta. La mujer no avisa a nadie. Son tan pocos los amigos y ya ningún pariente los visita. Saca a su hombre del rincón y lo lleva a la cama a dormir juntos, creyendo que su deseo se hizo realidad, a medias.

El Otro

el niño mira desde detrás de su ventana
sus ojos buscan al otro niño igual a él
que vive en algún lugar de este mundo
él lo sabe muy bien y está seguro
de que en algún momento se encontrarán
está confinado a la habitación de grandes ventanales
su madre dice que esta enfermedad terminará
en algún momento en un tiempo que no es este
él cree que ese otro niño igual a él
está sano y juega a las escondidas con otros niños
sabe, también, que ese niño explora y conoce
mundos que él sólo puede imaginar

PONGAMOS QUE HABLO DE JUJUY

j. s.
acá el mar tampoco se puede concebir
y el deseo hace doler hasta el grito

las niñas quieren ser princesas de la bailanta
y los niños se envalentonan con sangría

se visten de reinas en primavera
disfrazan todo de fiesta de los estudiantes


acá donde la quebrada de humahuaca
es un paquete turístico de otra provincia
donde los cerros son de más de siete colores
y las casas se suceden en una larga calle principal

que me dejen siempre en este jujuy
de marchantas y puestos de juguetes usados

los vendedores anuncian sus ¡tamales! ¡humitas!
y no oyen a quien quiere degustar el manjar
pareciera que no quieren deshacerse de males

el escobero te asusta con su saludo ¡escobas!
a la noche aparece en pesadillas colectivas
en clases a la mañana siguiente las bobas
se ríen con su profesora de literatura

y entre tantos gritos y anuncios
nos enteramos de muertes absurdas
en la franja de gaza o en irán que nos impiden
seguir disfrutando de la vida
y de la felicidad

PREGUNTAS

¿cómo una sigla de la que apenas sabemos su significado puede cambiarnos la vida?
¿cómo es posible que se permitan las digresiones tan extensas que se nos hace imposible volver a donde estábamos?
¿cómo sé cuando es pronto? ¿cómo si pareciera que toda mi racionalidad se fue con el dolor de las piernas cansadas de tanto recorrer?
no la inspiración ni las palabras no el conocimiento ni los sentidos
sólo un torbellino de incertidumbres
un ramillete como ofrecido a un amante
mi desdicha parece no tener medidas
hasta que la vida me muestra otra mayor
¿cómo puede una palabra cambiarte el rumbo?
¿cómo?

ESCRIBIR

escribir como si en la escritura se fueran todas las angustias, todos los miedos
como si en las palabras hubiera alguna respuesta que no habíamos visto
establecer comparaciones para que todo quede más claro
como si la claridad fuese algo posible
refugiarse en el halo de un poema
escucharse conversar como si se estuviera fuera del cuerpo
como si se fuera otra cosa que no sea el propio cuerpo.


Insectos

El jueves de navidad nos levantamos tarde,
después de una noche de mediocres festejos,
el baño invadido de hormigas negras
en una guía de lectura para docentes leía en la cama,
como un extraño placer que muy pocos entienden,
acerca de las hormigas del África
camino los diez pasos que me separan del baño
y me encuentro con esos animales que hasta hace unos minutos eran de papel
rodean la pared y los artefactos
como excepción, no hay zapatillas ni chancletas por ahí
busco algún arma que me permita exterminarlas
nada
no he nacido para asesina
mi destino es otro que aun no logro descifrar
¿qué me dirán esos animales en el piso alto de mi hogar?
¿serán mi animal de poder? ¿al morir me transformaré en una hormiga negra?
¿saldré a asustar niños en la mañana de navidad?
me entero, enseguida, de la muerte de mi abuelo húngaro
la estirpe de la que provengo está devastada
todos los hombres de mi vida han muerto en estos años
sola, acorralada por una muerte celosa
sólo me queda la escritura
(el veneno para hormigas expiró en 1998)

Pájaros

 escribo la palabra
para conjurar el canto de los pájaros
ellos han elegido
mi casa para vivir
se mueren sin poder llegar al nido
los encuentro al llegar a ese único refugio
que todavía me queda
me pertenecen  y no puedo evitar su muerte
quisiera ser dios
o pájaro

Sei Shonagon

Sei shonagon vivió en japón en el siglo X
emily dickinson vivió en estados unidos en el siglo XX
ildiko nassr vivió en argentina después del golpe de estado
más sangriento de la historia de su país
nunca escribió un gran poema como shonagon o dickinson
pero la poesía le mostró su piel una noche de amor
y jujuy le brindó un banquete de imágenes mágicas





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MITA HOMS

Nació en Córdoba en 1939. Es contadora pública. Colabora con sus cuentos en diarios locales. Vive en Jujuy desde 1959.

El valor de las alhajas

    Un anillo de platino con un diamante enorme rodeado de piedras más pequeñas de reflejos tornasolados. Maribel lo vio en una vidriera y una nube de tristeza ensombreció su carita.
 Remigio le tomaba las manos con ternura y la miraba profundamente  a los ojos para transmitirle la fuerza del amor, pero en el fondo de esas pupilas, brillaba la alhaja iridiscente.
   - Voy a ir a preguntar el precio- fue el resignado recurso de Remigio.
     Maribel se iluminó con una sonrisa de ángel y se puso a esperar, moviendo graciosamente sus manos con los dedos extendidos.
     -Cuesta un ojo de la cara- Nunca podré reunir tanto dinero.
     - Seguro que no -reconoció Maribel-, pero...
   Remigio asintió tristemente y, con toda la desdicha sobre sus hombros, volvió a la joyería. La vendedora puso la sortija sobre la bandeja de terciopelo, Remigio se sacó el ojo izquierdo y lo dejó junto a la joya.
     - Debe de amarla mucho- murmuró la joven, a punto de llorar.
    La felicidad de Maribel recompensaba el sacrificio de Remigio, aunque su ojo vacío dejaba escapar, de vez en cuando, una lágrima oscura.
    Un relicario de oro viejo con incrustaciones de esmeradas colgado de una gruesa trenza de hilos también de oro. Cuando Remigio fue de visita, la pesadumbre del rostro de Maribel le traspasó el corazón y tuvo que volver a la joyería. Ella se iluminó con una sonrisa de ángel y esperó acariciándose el escote frente al espejo.
     La vendedora, vacilante, sacó el relicario, al tiempo que decía casi con remordimiento:
      - Cuesta un ojo de cara...
      Remigio se mostraba sereno, pero el párpado hundido sobre el hueco del ojo izquierdo se estremecía en retorcidas convulsiones, como si quisiera gritar. Al verlo, la vendedora guardó la joya, tomó a Remigio del brazo y se fue con él a un bar próximo. Allí le habló con dulzura, hasta asegurarse de que el corazón del muchacho había quedado en paz. Cuando se separaron, él fue resueltamente a la casa de Maribel para exigirle que le devolviera el anillo. El rugido de Maribel fue una tormenta.
       -¡Nunca! ¡Jamás! ¡Antes, tendrás que cortarme el dedo!
       Remigio le cortó el dedo y salió satisfecho con el anillo. En la esquina, lo esperaba la vendedora.
                                                                                   Mita Homs

domingo, 10 de junio de 2012

Jorge Accame

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1956. Desde 1982 está radicado en Jujuy, Argentina. Estudió Letras en la Universidad Católica Argentina de Buenos Aires; enseña en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy. En 1998, su obra Venecia fue estrenada en Buenos Aires, en el Teatro del Pueblo. Desde entonces se ha representado en Inglaterra, España, Eslovenia, Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, México, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Brasil, Uruguay, Bolivia, y en la mayoría de las provincias de Argentina. Con Venecia ha ganado varios premios, entre ellos el Florencio Sánchez. Ha sido becado por la Fundación Antorchas para asistir al Programa Internacional de Escritura en la Universidad de Iowa (Estados Unidos). También recibió becas del Fondo Nacional de las Artes, del Instituto Nacional del Teatro, de la Fundación Civitella Ranieri, la Colonia MacDowell, la Corporación Yaddo y la Fundación Guggenheim. Ha publicado Cuatro poetas, Punk y circo, Golja (poesía), Cumbia, Ángeles y diablos, Día de pesca, ¿Quién pidió un vaso de agua?, Cuarteto en el monte, El jaguar, El mejor tema de los '70, Diario de un explorador (cuentos); Concierto de jazz y Segovia o de la poesía (novela). Entre los títulos de sus obras teatrales figuran Casa de piedra, Chingoil Compani, Suriman ataca, Venecia y Hermanos.

FLORES

Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del ochenta, en el segundo año A de bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.
Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban su origen. Repasé las listas en vano. Nadie apareció con ese apellido.
No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los integrantes de cada grupo, alguien había firmado con seudónimo previendo el resultado fatal.
Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me encontré —creo que lo esperaba— con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta vez había aprobado.
No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía a segundo A. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba de un nombre apócrifo de algún bromista que había hecho dos pruebas. Una, firmada con su verdadero apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra —Flores— y que era entregada con el solo propósito de perturbarme.
Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se escucha realmente lo que dice el otro, salvo que el discurso sea por mera casualidad el que uno mismo está por decir.
Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban del brazo para detenerme. Era una preceptora.
Se la veía nerviosa.
—Sin querer —murmuró— he oído lo que relató en el bar.
Le dije para tranquilizarla que no tenía la menor importancia.
Ni siquiera intentó escucharme y empezó a hablar:
—Había hace tiempo, en segundo A, un chico Flores que nunca aprobó Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias —mala escuela primaria o falta de cabeza, se ve— le impidieron eximirse. Una tarde, cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre.
La narración era algo melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.
Ese verano, tomé la evaluación final en segundo A. Busqué la de Flores y la aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.
Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y simbólicamente su voluntad truncada.
Para mí (y para la sombra) había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió en la materia que lo había fatigado.

En el borde del barranco

La mujer apareció de golpe sobre la ruta y le hizo señas para que se detuviera. El hombre frenó en la banquina unos metros más adelante. Ella se acercó y asomándose hacia adentro por la ventanilla, le dijo:
-¿Puede ayudarme? Mi auto se desbarrancó.
El hombre miró y descubrió un cartel arrancado y la huella profunda de unas ruedas que terminaban en el vacío.
- Suba – le ofreció.
Pero ella dijo que iría a pie para mostrarle el camino.
El hombre la siguió hasta la curva. La vio parada en el borde del barranco, con el brazo extendido, inmóvil por unos segundos.
Luego la perdió en la neblina.
Bajó de la camioneta y cerró con llave. En el fondo del monte divisó un automóvil rojo atorado en la maleza. Era un atardecer nublado y el verde de las plantas resplandecía.
- Señora - llamó.
Comenzó a descender lentamente porque la barranca era casi vertical. Resbaló dos veces antes de llegar y se rompió el pantalón. Pensó en la mujer. Se preguntó cómo se las había arreglado en una pared tan escarpada.
- Señora – llamó otra vez.
Escuchó un llanto de niño que provenía desde el interior del auto. Se aproximó y a través de los vidrios astillados distinguió en el asiento de atrás un bebé de meses.
En el sitio del conductor había un cuerpo doblado sobre el volante.
El hombre tanteó las puertas pero estaban trabadas. Con cuidado, terminó de romper el parabrisas. Se retorció hacia adentro, llegó hasta el niño y lo sacó. Lo apoyó en el pasto, envuelto en su campera.
Luego volvió por el conductor. Era la mujer que lo había detenido en la ruta. Empujó su cuerpo suavemente hacia el respaldo. En el peso comprendió que estaba muerta. Una muerta serena, sin muecas de dolor ni de miedo. Sólo en los suaves labios morados se alargaba un suspiro de cansancio, porque su instinto de hembra la había forzado a trabajar más allá de las jornadas humanas. 

POSESIÓN

Los cuatro volvíamos de un baile de carnaval. Íbamos cantando a los gritos por la ruta. Serían las tres de la madrugada, pero el pueblo todavía andaba por las calles. En el cruce, Osvaldo y Juan se detuvieron. Había una mezcla de músicas y albahaca en el aire.—Bueno, aquí los dejamos —me dijo Osvaldo guiñándome un ojo.—Nos vemos mañana —respondí.  No pregunté adónde iban, porque quería estar un rato a solas con Estela. Si por mí hubiera sido, me habría separado de ellos mucho antes.—Pórtense bien —dijo Juan. Los dos me dieron la mano tres o cuatro veces y saludaron a Estela con un beso.—Adiós —balbuceó Osvaldo. Juan eructó. Tenían una linda macha. Los empujé con suavidad.—Váyanse —dije.—Adiós. Bajaron hacia las casas. Me quedé viendo cómo se alejaban y doblaban una esquina. Miré el cielo. Suspiré. Abracé a Estela y le pregunté si me amaba. Me contestó con voz de hombre. Yo también estaba medio borracho pero me di cuenta de que había contestado con voz de hombre. Después soltó una carcajada que me encrespó el espinazo. La contemplé estupefacto, sin reaccionar. Me pegó un sopapo que me hizo doler el cuello por la violencia con que me dobló la cabeza.—¿Qué te pasa a vos? —desafió y volvió a reírse. Me asusté. El mareo de la cerveza que había tomado desapareció en segundos. La sacudí y la llamé por su nombre, pero se deshizo de mí y me empujó a un costado de la ruta.—Yo te puedo —dijo burlándose, y me insultó masticando repulsivamente unas palabras  que no comprendí. Dio media vuelta y empezó a alejarse del pueblo. La alcancé, la agarré del brazo y latironeé. Ella giró la cabeza y se rió.—Qué me vas a poder a mí —dijo, y me arrastró unos metros. Vi cerca cuatro o cinco niños y sentí miedo. —Shh. Vienen chicos. Sorpresivamente se tranquilizó, el rostro se le acomodó en los rasgos que yo le conocía y pareció debilitarse. Tuve que sujetarla para que no cayera al suelo. Los chicos pasaron riendo. Iban tirándose harina y papel picado. Nos saludaron y prosiguieron rumbo al pueblo. Con Estela entre mis brazos, los vi perderse en una de las primeras calles. Era una noche brumosa por el polvo que se levantaba permanentemente a causa de los bailes. Cuando bajé la vista, me encontré con los ojos abiertos de mi novia fijos  en mí.—¿Estás bien? —le pregunté con temor. Ella sólo me observaba, en silencio. La acaricié. Estuvimos así unos segundos. Después la boca se le empezó a deformar y le reventó en una carcajada.
Se incorporó.—Yo te puedo a vos —dijo con voz gruesa. Caminó un trecho en cuatro patas. Después se puso de pie. Me arrojé encima y la abracé por la espalda. Ella se revolvió como loca para zafarse, pero yo había atenazado mis manos sobre su estómago. Aunque su fuerza era brutal, no pudo desprenderse. —Quédate quieta —le ordené. —Soltame que te mato.—Si te quedás quieta, te suelto. Yo la sentía jadear agitada; algo pegajoso me mojó las manos. De repente volteó la cabeza y noté que de su boca salía una baba oscura. La apreté más. Hizo un último esfuerzo y tensó los músculos. La aguanté. Después de algunos segundos se aflojó y cayó desmayada. Deposité su cuerpo relajado sobre la arena .Permanecí a su lado un rato para verificar que no fingía y fui corriendo al pueblo a buscar a doña Sara, una vieja rezadora. La mujer me atendió medio dormida asomando su cabeza de tortuga por la puerta entornada.—¿Qué hay? —preguntó. Le expliqué lo que sucedía, pero con la agitación no podía hablar con claridad. Al fin, le hice entender que Estela estaba mal y me dijo que la aguardara. Doña Sara salió en seguida, cubierta con una manta. Fuimos a paso rápido, mientras yo intentaba darle más detalles del extraño comportamiento de mi novia. Desde lejos, antes de que llegáramos, vi que Estela no estaba en el sitio donde la había dejado. Busqué a lo largo de la ruta. La descubrí deambulando más allá del cruce. Parecía un espectro, con su traje de carnaval. Era un disfraz de viuda, negro y largo, y las luces de los vehículos que pasaban lo hacían relampaguear. La alcanzamos y empezamos a corretearla por el campo, porque no quería detenerse a escucharnos. Con doña Sara la agarramos y la tironeamos hacia el pueblo.—Déjenme, —gritaba Estela y se reía. Rugía, nos pateaba. A veces lograba arrastrarnos un trecho, pero en seguida se cansaba y volvíamos a empujarla hacia las casas. La vieja sacó desde abajo de la manta un frasco con agua bendita y comenzó a rezar entre los ronquidos de burla de Estela, que desfallecía contrayéndose como una lombriz en la sal. Luego se recuperaba, se alejaba unos pasos y de inmediato volvía y enfrentaba a doña Sara con insultos rarísimos y asquerosos. Alguna gente había acudido y nos contemplaba. La vieja recogió un poco de agua del frasco entre los dedos y empezó a rociarla con apuro; sentí que algunas gotas me salpicaban en la cara, pero Estela no se mojaba. Le tiró directamente con la boca del frasco. El agua bendita no la tocó, la atravesó y cayó manchando la tierra. Vino más gente. En la confusión reconocí a Osvaldo y a Juan. De pronto, Estela se lanzó sobre doña Sara e intentó morderla, le horadaba con sus dedos el cuerpo para desgarrarla. La vieja trataba de mantenerla alejada a manotazos. Entre varios las separamos y sujetamos a Estela, pero ella nos despidió lejos, como un tornado. Su fuerza era terrible; sin embargo, como ya le había sucedido otras veces durante esa noche, de repente se extenuó y pudimos controlarla. La llevamos hasta la iglesia. Parecía una potra cansada. Osvaldo, Juan y yo la metimos adentro y cerramos las puertas. En cuanto la soltamos, Estela pegó un salto y se trepó a una de las paredes. Empezó a caminar hacia el techo como una mosca

viernes, 7 de octubre de 2011

Trabajos de alumnos del colegio referido a la lectura, análisis y producción de textos de autores jujeños.


domingo, 31 de julio de 2011

Leyendas jujeñas


El familiar


L
as grandes empresas azucareras de Jujuy, como las de Salta y Tucumán, lograron su riqueza y rápida prosperidad gracias a “El Familiar”. Así dice la leyenda, y así lo han oído todo aquellos que trabajan en los ingenios, peones o profesionales,   empleados o capataces.
El origen del mito es paralelo con el desarrollo industrial del noroeste Argentino, pero el numen argumental deriva del primer pacto que el hombre celebra con Satanás, en otras palabras “El Familiar” es Satanás.
Los dueños de las grandes fábricas han cedido a la tentación y le prometieron el alma a cambio de la riqueza. El diablo acepta el negocio pero se quedara cerca, escondido en oscuros sótanos o siniestros galpones, para vigilar el estricto cumplimiento de las cláusulas del contrato.
Una de ellas establece la obligación por parte de los propietarios, de entregarle un obrero por año que será devorado sin compasión por “El familiar”, que para ese menester, habrá adoptado la forma de una enorme serpiente a quienes todos conocen como el “Viborón”. Únicamente lo ven por primera y última vez aquellos que serán devorados.
Es común en los Ingenios, que con la ultima molienda de caña de azúcar, se arroje a los trapiches un muñeco que representa al obrero que los propietarios del Ingenio deben entregarle a Satanás, para así conformarlo y no llevarse a nadie más.
En otras versiones, El Familiar toma el contorno de un feroz y enorme perro negro sin cabeza que como el Viborón aguarda su cuota de carne humana agazapado en los tenebrosos rincones del ingenio.
Entre los miles de zafreros (Cosechadores de la Caña) que año tras año dejaban los ocres pueblos de la puna para levantar la cosecha en los ingenios del Ramal, no faltaban uno, dos o más desaparecidos por mil razones distintas, que servían para avivar el recuerdo terrífico del Familiar y aumentar el resentimiento del obrero misérrimo para con los patrones rodeados de opulencia.
Las condiciones del trabajo fueron cambiando con el tiempo y esta leyenda fue perdiendo adeptos. Hoy en día el Viborón es un capataz odiado o un jefe de sección arbitrario.






El ucumar

T 
ambién se le llama “UKUMAN”. Proviene de la voz quichua y quiere decir “cuerpo, parte material de un ser animado”. Eso es lo que era : sólo un cuerpo. Un cuerpo horrible sin alma aparente. Las cosas tan feas tienen prohibido rondar por el abanico de los sentimientos. Y era mujer, cubierta de pelos negros, largos, sucios, duros, pero elásticos. De las líneas de su rostro sólo se destacaban dos ojos pequeños, intensos, oscuros y hundidos. Los pelos que le nacían en la frente caían sobre la nariz y la boca, separados apenas por bufidos y manotazos a uno y otro lado. La boca era un tajo enorme y baboso, y los dientes salidos, aislados unos de otros, cada cual con su propio ángulo.
Si tenía senas senos o no era cuestión de polémica entre los habitantes de la aldea mitad selva mitad andes.
Cuando nació, su padre quiso ahogarla. La madre, la protegió entre sus brazos y no la abandonó nunca. Tuvo más amor por el pequeño monstruo que por sus cinco hermosos hijos anteriores. Por su celo y por su pena fue quedando sola y enfermó. Mientras agonizaba, con más fuerza que nunca abrazó y miró a ese cuerpo extraño que ella había parido.
Arrancaron de su cuerpo, rígido ya el engendro que bramaba y aullaba. Quiso la suerte que fuera arrojada a un rincón de la enorme choza, hasta tanto se cumplieran los ritos funerarios con la madre. Cuando regresaron los hermanos y el padre sin saber que hacer, entre los murmullos de la otra gente, la encontraron acurrucada y lanzado sonidos extraños, como si llorara. No fue por misericordia que salvo la vida. Había miedo en la choza.
Como no se le veían órganos genitales, pero sus piernas se manchaban de rojo cada luna, fue la “ucumara”.
Se hizo enorme, hosca y gruñona y al parecer, temerosa.
Uno de los hombres de la aldea, de su mismo tiempo, entre crepúsculos y soledades se acercaba furtivo a la aldea- choza con creciente asiduidad. No temía ni lo inmutaban los gruñidos y saltos ostentosos con que la “ucumara” retribuía sus visitas,  que eran breves, pero tensas. Un día le arrojó frutas y otro día un trozo de carne humana. La tribu devoraba a los prisioneros de guerra y el dueño del enemigo muerto era el dueño del banquete. La “ucumara” comió y no dejó restos. Estaba entendido entonces que apreciaba el obsequio y por consiguiente el hombre lo repitió tantas veces como pudo, recibiendo en pagos gruñidos más suspirados, saltos menos agresivos.
Un día la aldea en pleno se encaminó al río distante, para cumplir la ceremonia anual de adoración a la creciente tumultuosa y atronadora que traía el deshielo de las cumbres blancas. El hombre regresó, eligiendo rincones para no  ser visto y luego de una lucha feroz, violó a la “ucumara”.
A partir de entonces su hosquedad fue total y su furia aumentó. Odió a los hombres y al mundo circundante. Las piedras de su choza desaparecieron, arrojadas con increíble fuerza contra todo ser viviente que se aproximara.
Cuando no tuvo más piedras, huyó.
Regresó una tarde tormentosa y raptó a su violador sin que nadie se atreviera a detenerla, menos aún la víctima, vencida su resistencia a golpes y arrastrado de una pierna por los peñascos y huaycos hasta la pétrea guarida donde, imaginamos, llegó más muerto que vivo. Allí tuvo que elegir entre la vida y las nupcias: escogió el amor, y por un tiempo su ritmo fue el ritmo de la “ucumara” que, ya grávida y desconcertada, con el abdomen hinchado y palpitante, pensaba más en sí, que en su complaciente prisionero. Un día creyó encontrar oportunidad, cuando el monstruo gemía con los dolores del parto.
Huyó de la caverna, rápido y temeroso, pero la “ucumara” entre rugidos y dolor, lo alcanzó. Le arrancó la cabeza y arrastró el cuerpo de su amor hasta la caverna. Entre llantos y convulsiones se lo comió.
Poso después nació otra UCUMARA, toda cubierta de pelos, negros, duros, pero elásticos, de la cabeza a los pies. Amamantó a su hija, le enseñó a comer carne roja y cuando el retoño ya cazaba con sus manos, con un rugido del alma, murió de muerte sencilla y se fue al cielo de los monstruos, en la paz de la montaña.
La leyenda se bifurca a partir del nacimiento del UCUMAR . Una vertiente afirma que el llanto del monstruo, por la muerte de su madre, era tan fuerte y desgarrados que llegó a los oídos de Wiracocha – espuma de mar- dios blanco de largas barbas rubias que gobernaba el Cuzco y para calmar su pena, le prometió la inmortalidad. Otro venero  mitológico sostiene que Wiracocha se presentó al ucumar y para castigarlo por sus crímenes y lascivia, le dio la vida eterna vagando por los cerros y selvas. Así también lapidan a los violadores sobre quienes pendía la permanente amenaza de ser devorados por el ucumar.
La leyenda, de origen peruano, está muy difundida en Salta y Jujuy. En nuestra provincia  se ubica al monstruo en los departamentos de San Pedro y Ledesma rondando los ingenios azucareros. La imaginación popular lo hacía prisionera o accionista de uno de ellos.


miércoles, 27 de julio de 2011

AUTORES JUJEÑOS

AUTORES JUJEÑOS

Alberto Elías Alabí Dahan

Biografía
Nació en 1959 en Jujuy. Profesor Universitario y Vicerrector del Colegio Nacional fundado por Sarmiento en 1869. Distinciones: Primer lugar en el Certamen Internacional de Cuento Visceralia 2006; Tercera Mención Premio Federal Cuento 2000; Mención de Honor del Jurado Premio Federal Poesía 2003 del Consejo Federal de Inversiones; 2º Premio III Concurso Provincial de Teatro 2004; Premio Artes y Letras en 1992, 1993 y 1995; Mención Especial en el 45º Festival Nacional de Cosquín 2005. Colabora en investigaciones lingüísticas con Flora Guzmán, escritora y esposa del novelista Héctor Tizón (EDIUNJu 1996-1998). Miembro de la revista "El Duende"; jurado en certámenes literarios nacionales y regionales; representante en la Feria del Libro junto a los poetas Jorge Calvetti y Domingo Zerpa en 1997 y 1998. Colaborador en publicaciones especializadas en Lingüística y Literatura. Libros editados: "Bitácora del Aire" (1995), cuentos, Ed. Cuadernos del Molle, Jujuy; la novela "Manual para ya no Amar tanto la Patria" (2002). Ed. Cuadernos del Duende, Jujuy; el libro de cuentos "Observatorio de Traiciones y Fugas" (2006), Editorial Visceralia, Santiago de Chile. Su obra figura en antologías poéticas y narrativas de Argentina y su cuento "Tres Patas" fue publicado por Edinexus, España en "Historias de Fútbol, días de mundial".



CHAROL - ESPEJO
 Alberto Alabí

Vos debés ser nuevo, ¿no?; ¿tenés hermanito? A tu edad yo también ya lustraba. A veces se me da por acordarme; no sé, será la edad o el cajoncito. Yo también tenía cajoncito hechizo, sin banqueta, me sentaba en un tarro de leche Nido. Pero me acuerdo que la moda obligada (sin resentimiento, no te creás) era casimir inglés con chalina de alpaca sobre los hombros (¡había que tener chalina de alpaca!) Los zapatos tenían que ser Guante prusianos, el sombrero de fieltro con visera volcada, la camisa Lavilisto blanca y Atkinson detrás de la oreja para los grandes. Bidú, Gomicuer, suspensores Casi, Far-West, Glostora y pastillas Volpi para los chicos. Digo para los hijos de padre con chalina (esta bigornia está chueca) Yo lustraba en la Belgrano y Necochea, me decían Hijito. Era el preferido de los subtenientes del 2 de Montaña, porque nadie dejaba las botas como yo. Primero una desbarrada general. Ahí nomás el Monje Negro preparada con saliva pura, una cepillada rapidita y el tincazo en la puntera para cambiar de pie. Mientras se oreaba la pata izquierda, repetía en la derecha. Después una castigada furiosa de paño blanco con el trapo de algodón. Ahí la bota quedaba caliente y sobre el pucho una untada generosa de Guasinton marrón militar. Primero la caña, bajar despacio hasta la capellada y rematar con la zurda el contrafuerte y con la derecha la puntera. Parece que le hacía como cosquillas, porque en ese momento el milico dejaba de mirar a las chuchetas del centro y clavaba la vista sobre la nuca de un servidor. Cuando me daba cuenta de que el coso me estaba mirando, sacaba los peludos y soltaba la fiesta: ponía los dos cepilllos en la derecha y -mientras me hacía el de buscar en el cajón- tiraba un cepillo al aire que pegaba un mortal limpísimo, pero yo me hacía el ocupado más en la búsqueda que en los malabares. El cepillo volador daba dos vueltas impecables en el aire y caía siempre contra la espalda del que quedaba en la mano. Yo (¡mentira!) seguía atareado buscando en el cajón, ¿ves? Cuando decidía encontrar la cera, remataba el acto con un salto mortal triple del volador y lo dejaba clavarse pelo a pelo con el de la mano. Esto almidonaba al militar y entonces remataba el acto con una rutina fragorosa de paño galopeado -previo toque de cera por toda la bota-. El final me dejaba la misma sensación que te da comer puchero, no sólo por el jueguito de los cepillos, que era como condimentar el plato, sino por el resultado charol-espejo de la bota; era como el eructo de la satisfacción. Después, como de postre, una franeleada con el trapo con la propaganda de Delgado -para relajar ¿ves?-, y terminaba el acto con una sonrisa de nene inocente. ¡Mira vos, nene inocente, ja! (calzá el cajón que está en falsa escuadra) Me encantaba la palmada de los subtenientes rubios y de bigotes que me pagaban sin esperar el vuelto (no, papá, primero sacá el barro) Pero me ponía como loco cuando me decían “Pibe, sos un campeón” No por lo de campeón, sino que pibe me sonaba a porteño, ¿ves?; se me hacía que no estaba en esa esquina, sino en Buenos Aires, y que los milicos rubios eran mis amigos. ¡Fijate, un lustrín amigo de los porteños y de los milicos! (la botamanga, levantá la botamanga) Para esa época, mi mamá ya pedía (¡guarda la media, pendejo!) A mí me daba una rabia bárbara que pidiera cerca de donde yo lustraba, porque todos me jodían. Los únicos que no me jodían eran los milicos, pero los otros me volvían loco. Es que mi vieja era muy joven todavía. De ahí me quedó el apodo de "Hijito", todos me decían Hijito (¡que te parió, guarda la media!) El que empezó creo que fue el moto Borsa, ya no vive. La miraba a la vieja como para dibujarla. Puta, y yo le rogaba que no cruzara la calle cuando los autos tenían luz alta, porque se le traslucían las piernas, pero ella nada. Era como hacerme la contra, cruzaba justo cuando el moto Borsa o el loro Chorbandi acomodaban los diarios junto a mi cajoncito. Yo de rabia lustraba como loco, me desquitaba con los trapos y ni escuchaba lo que me decía la vieja, porque me daba cuenta de que estaba presumiendo: hablaba para los otros, decía cualquier cosa; no sé, me contaba que había comprado carne para el almuerzo, pero siempre la morfe era mate y bollo, o decía que se había cruzado con mi maestra y a mí me habían echado como dos años antes (¡eh!, ¿qué me querés romper el tobillo?) Para colmo, hablaba a los gritos... Es que era joven, ¡qué querés! Gracias a Dios que los malevos se cortaban cuando ella estaba cerca y medio que se ponían respetuosos conmigo (ojo, la media) Pero lo único que yo quería era que se fuera. Finalmente se iba y era la misma sensación de volver a tragar aire, como cuando me nebulizaban en el hospital. Pero el remanso no duraba mucho porque, bien se alejaba la vieja, desaparecía el respeto contenido y de nuevo comenzar las historias de carne, saliva y gritos en las que mi mamá era siempre la actriz principal, ¡moto hijo de puta! (¡apretá el trapo, maricón!) Para lustrar en la Belgrano y Nechochea hay que ser pesao (¡poné más pomada, carajo!) El lugar se gana a lo macho y a lo macho me lo gané. Antes no era como ahora, no, antes había escalafón jerárquico, y tuve que desplazar al titular por la razón o la fuerza (¡no, no, dejalo que se oree más!) En orden ascendente fueron: el ciego Abán (violín estallado contra el piso); Vidalita Tolaba (sustracción de bicicleta y lesiones en el cuero cabelludo); la Calandria Vega (atenciones sexuales); el Pocoto Abeijón (amenaza de incendio en el domicilio particular) Llegar a instalar el cajón en la Belgrano y Necochea no sólo me costó las maniobras anteriores sino caerle simpático a Borsa y Chorbandi. Costó bastante, pero de a poco me los fui ganando; claro que tuve que comerme muchas delicadezas referidas a mi madre. Lo fiero no eran las bromas, sino esas risas gritadas como alaridos con las que se festejaban las ocurrencias -sonaban como despertadores dentro de una olla, como cajas de herramientas derramadas en un confesionario-. Pero algún sapo hay que tragarse. ¡Pobre vieja!, en esa época todavía sabía vender flores (primero calentá con el cepillo y después pasá el trapo, chambón) Los pobres nunca pueden ser felices del todo, ya te vas a dar cuenta, changuito. Cuando logré instalar el cajón en la esquina, no pudimos celebrar como corresponde porque justo se había muerto la criatura. No es que no tuviera pena, no, pero había logrado un lugar tan importante que quería estar alegre (aflojá los cordones y meté la pomada debajo de las trenzas, no, en los dos, ¡boludo!) Me duró poco la alegría porque como a la semana empezó a caer mi vieja. Se había atado el pelo con un pañuelo verde y acarreaba al hermanito muerto como si estuviera vivo; ya se le notaba una cosa rara en los ojos. Al principio no dije nada, pero como a los dos meses la cosa seguía, entonces empecé a hacerme el que no la conocía (mirá, la próxima mancha y no te pago ni mierda) ¡Qué querés! era visitarme todos los días con el fiambrecito. ¿Vos has tocado el cuerpito frío de un bebé muerto? La verdad es que estaba muy frío, ¡puta, eso era lo que me impresionaba! La pobre vieja me saludaba, hacía que lo besara en la frente helada y se me instalaba en el descanso de mármol de la farmacia para amamantar a la criatura muerta. Así estaba durante horas, cambiando de teta al cadáver de mi hermanito muerto, hasta que había que levantar el cajón y rajar para la casa. Para colmo yo tenía que cocinar y volver. Y volver era volver a escuchar las historias de Borsa, que sin sacarme la risa de encima decía que «todo era nada más que para mostrarle las tetas» (¡que te reparió, la tinta está aguada!, limpiá, limpiá. ¡No!, con el trapo limpio, ¡pelotudo! ) La calle te enseña de todo. La calle es de nadie y te la tenés que ganar. Es cosa de ver quién es más macho. Primero, llegás y tenés que aguantar, después vas midiendo al más blando y lo apretás, después al otro y al otro. Después te ganás un puesto y esperás, siempre hay un momento para ascender o para desquitarte porque esa es la ley de la calle: vengarte o ascender. La calle siempre te da desquite. Pasan autos y alguien -sin querer- empuja a alguien, eso es desquite; se le muere un pariente a un lustra y cuando vuelve del velorio, su lugar ya está ocupado, eso es ascenso. Pero en la ley de la calle nadie pide explicaciones ni por el puesto perdido ni por el accidente dudoso. Entonces, casi sin querer, vas sabiendo de qué se trata. Y, de repente, sos el dueño de la calle y organizas a los lustras para que trabajen para vos, eso da guita. Entonces te entran a respetar. Y ahora sos el dueño de la calle y ya no tenés que lustrar, ahora te lustran y te respetan. Ya no le tenés miedo al moto Borsa -porque murió en un accidente-, y el loro Chorbandi festeja tus ocurrencias con esas carcajadas de fierrerío estallado en el piso. Ahora sos vos el de este casimir inglés y esta chalina de alpaca... — ¡Pero qué carajo tengo que contar esto!... Lustrame, pendejo. Lustrá bien, carajo. Terminá rápido que ahí viene la loca del pañuelo verde... ¡Yo no sé qué mierda le tengo que contar esto a un pendejo como vos!... ¡Lustrá, carajo!